¿Podremos existir en la nube?

¿Te has preguntado alguna vez si existe vida después de la muerte? Creo que todos los humanos lo hacemos, sea por una cuestión religiosa, miedo al futuro o simplemente curiosidad científica. Las hipótesis que ha encontrado la sociedad para esa problemática son variadas y multidisciplinares, pero una de ellas me llama poderosamente la atención: ¿llegaremos a existir en la nube?

Sin pensarlo mucho, podríamos decir que el cerebro humano procesa y almacena una cantidad exorbitante de información. No pienses solo en aquella que has aprendido conscientemente: las fechas de acontecimientos históricos, tus músicos favoritos o los conocimientos básicos de tu profesión. Ten en cuenta a toda la red de personas que te rodea y todos los datos asociados a ella: nombre, edad, ocupación, relaciones, etc. O los lugares donde has estado, las series de tv que has visto, tu tipo de chocolate preferido o tu grupo sanguíneo.

Existe un conjunto de datos que conforman de manera esencial tu condición humana y el lugar que ocupas dentro de tu entramado social. Y también tenemos lo que se suele llamar conciencia, un concepto que desde la filosofía ha provocado muchos debates.

Teniendo en cuenta todo esto…

¿Es posible existir en la nube?

Imagina que quieres “volcar” todo el contenido de tu cerebro en Internet. Con una capacidad de almacenamiento tan impresionante como la que conocemos hoy, donde puedes tener varios terabytes en tu bolsillo, parecería que la cantidad de datos de un solo cerebro es fácilmente almacenable.

Estudios científicos recientes demostraron que el cerebro humano almacena entre 10 y 100 terabytes de información. No es una cantidad desdeñable.

Antes de pensar en almacenar, primero hay que preocuparse por cómo obtener esos datos. ¿El primer paso lógico? Reproducir el funcionamiento físico del cerebro en un entorno virtual. Eso implicaría la simulación de: neuronas (86 mil millones en cada persona), contactos entre ellas (860 mil millones), la tipología, tamaño y geometría de cada una, el potencial de la membrana, la posición del axon, la composición del árbol dentrítico y todos los procesos químicos y componentes del medio encefálico.

Estas serían las variables indispensables del cerebro humano, cuya complejidad hoy todavía nos parece casi imposible de reproducir.

¿Es la combinación de todas estas características físicas del cerebro lo que hace un ser humano SER quien es? Y no digamos ya pensar, sentir, aprender… Incluso cuando se pueda reproducir con relativa exactitud la dinámica neuronal, no hay garantía que se traspasen elementos tan básicos como la conciencia o el aprendizaje.

Avances (y más retos)

Hace par de años, un startup llamado Netcome fue noticia por reproducir el cerebro de un cerdo mediante un proceso llamado vitrificación. ¿Consecuencias? Es letal. Ha de practicarse en el momento justo donde el ser vivo fallece sin haber ocurrido aún la muerte cerebral, para poder procesar el órgano aún funcional que termina cristalizado. Imaginen las implicaciones éticas y prácticas de la tecnología, sin contar que debe publicitarse preferentemente en estados donde existan leyes pro-eutanasia.

Hasta ahora solo hemos comentado sobre cómo “obtener los datos”. Procesar esa información con la calidad y efectividad del cerebro es un problema aun mayor. La Ley de Moore estipuló que el poder de cómputo de hardware existente se duplica cada 18 meses. Sin embargo, el propio autor vaticinó hace unos años que su teoría no tardaría en ser inefectiva.

Es decir, existe la posibilidad de que nunca tengamos un hardware con un nivel de procesamiento de datos tan potente como para compararse con el del cerebro humano.

Por otra parte, debe estudiarse el fenómeno desde la perspectiva de la neurociencia, específicamente la neurociencia computacional. Esta ciencia analiza mediante modelos matemáticos, análisis teóricos y abstracciones el comportamiento del cerebro, sus estructuras físicas y fisiológicas, su desarrollo cognitivo, etc.

En la neurociencia computacional se estudian muchos temas que pueden ayudar a conformarnos una mejor idea del cerebro humano. Pero es precisamente la conciencia una de las áreas donde la mayoría de las teorías siguen siendo predominantemente especulativas. Lo cual nos ratifica a la conciencia como uno de los grandes retos en la meta de subir el cerebro y así «existir» en la nube.

Posibles usos

En este blog hemos comentado algunas vertientes en la búsqueda humana de la inmortalidad. Una de las que se han valorado es la posibilidad de extender la existencia humana a partir de crear “reproducciones” del cuerpo (quizá con impresoras 3D, quizá mediante la robótica) y añadirle una versión digital del cerebro de una persona.

¿Es eso posible? Incluso teniendo en cuenta que la ciencia y la técnica lo logren, filosóficamente seguirá siendo un problema. ¿Es una copia de tu información y de tu cuerpo una continuación de ti mismo? Incluso con simulaciones muy veraces nos quedará la duda; aunque estas incluyan sentimientos, o que aprendan por sí solas, o que se expresen justo igual que tú.

Habrá que ver qué nos depara el futuro. Mientras, también es válido pensar usos más prácticos y menos cuestionables que la inmortalidad. Por ejemplo, subir “cosmonautas virtuales”, para no exponer a humanos al entrenamiento, el peligroso viaje al espacio, la gravedad cero, o la radiación cósmica.

Mentes digitalizadas en la cultura popular

La serie Black Mirror en el catálogo de Netflix. Allí puede encontrarse San Junipero. Foto por Charles Deluvio en Unsplash

La cultura popular ha experimentado casi tanto como la ciencia o la filosofía con la idea de la inmortalidad de la conciencia. La película hollywoodense Trascendence es uno de los mejores ejemplos, donde el protagonista es un investigador que muere luego del impacto de una bala radioactiva, pero había dispuesto que su mente fuera subida a la nube, garantizándole “vivir” de una manera exclusivamente digital.

Mientras, el show de origen británico Black Mirror ha creado dos historias diferentes que de alguna manera tratan este tema. Una es San Junipero, en la cual dos ancianas discuten la posibilidad de “mudarse” definitivamente a un mundo donde las personas viven virtualmente en una especie de pueblo, que representaría el almacenamiento de su conciencia en un estado de felicidad digital eterna. Por otro lado, Be right back ofrece al espectador una tecnología hipotética que permite a una viuda joven “recuperar” a su esposo fallecido trágicamente a través de un software. El programa estudia su rastro virtual (actividad en redes sociales, mensajería, fotos, video, voz) para crear una simulación del muchacho. Primero, puede interactuar con un software para chatear con él, luego se hacen llamadas por teléfono, y al final… mejor no hacer spoilers.

Estos son dos ejemplos recientes, pero el tema de existir en la nube ha sido abordado en el cine y la literatura desde mitad del siglo pasado, a través de autores como Isaac Asimov o Arthur C. Clark.

¿Y tú, que crees? ¿El ser humano podrá subirse al ciberespacio? ¿La conciencia puede llevarse a un plano digital? Y si todo esto fuera posible, ¿lo ves como una forma de inmortalidad?


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Gabriela M. Fernández

Periodista con vocación, pero no pierde la esperanza de aprender a programar. Cinéfila, seriéfila, adicta a la tecnología: pudiéramos decir una milennial en toda regla.

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